Cuentos Express: Taza De Café

por Cleo

Si la memoria no me falla, fue en sexto grado cuando te amenazamos porque nos tenías hartos a todos, Mariana. No nos gustaba que anduvieras regodeándote en eso de ser una buena alumna, dijo Sabrina y se llevó la taza de café a la boca para tragar lentamente ese líquido consistente y espeso como si se tratara de la celebración (sorbo a sorbo) de algo de lo que Mariana no alcanzaba a darse cuenta. Es cierto que también yo sacaba buenas notas, pero nunca me tomé el colegio tan en serio. Padecías entonces de una especie de pasión estúpida por los estudios. Ni de enamorada se te vio nunca tan fanática. Eras demasiado solitaria además, en fin. Y continuó tomando su café mientras el té de Mariana se iba enfriando en la taza en medio de su silencio a toda respuesta.

Mariana recordó, en efecto, los líos en los recreos, esa soledad solo interrumpida de vez en cuando por las charlas chismosas de sus compañeras de a dos paseándose ante sus narices como si nada. Y se le vino a la mente su torpeza en las clases de gimnasia, que aborrecía y se convertían siempre en tortura diaria. Había que ver esas piruetas, el gran salto, la vuelta de carnero, en cuyas sesiones siempre alguien terminaba con algún músculo averiado (no serían los suyos). El trazo del tiempo tampoco borró de su mente las burlas de los varones viéndolas peinarse frente al espejo como actrices a la entrada del gabinete de Geografía, donde un joven profesor de ojos enjutos y cabellera al viento les exhibía documentales sobre el planeta. Pero los chicos nunca se burlaban de Sabrina, acaso por parecer más desenvuelta y tener esas trenzas largas y brillantes con ojos del color del mar.

Ambas habían terminado el colegio con buenas notas. La regular con que era calificada en baile y gimnasia Mariana se compensaba con la misma que obtenía Sabrina en las competencias de matemáticas. La primera no había sido agraciada con habilidad alguna para el cuerpo, y la otra carecía de la pura razón que se aplica al cálculo y las ecuaciones. Después sus vidas, sin quererlo, siguieron la misma dirección: casamiento y tres hijos. Las dos mayores cursaban ahora en Arquitectura como si ambas hijas pudiesen realizar así los sueños más remotos de sus madres, aquellos privados de la infancia que nunca desaparecen y quedan flotando entre los altos edificios de una ciudad o en las espaciosas plazas que se abren a un cielo con sol o a la luna de la noche.

No sé si por tu fragilidad, porque te veíamos extraña recitando esos poemas ridículos en las fiestas escolares o el porqué, pero si lo pienso un poco más, lo único que nos molestaba de vos en verdad era ese apego tuyo a los libros, le espetó Sabrina y volvió a llevarse la taza a la boca tranquilamente. La colación de las dos había sido servida en dos tazas grandes de loza con el logo de la cafetería, aunque la de Sabrina le parecía a Mariana más linda que la suya. Pobre Mariana, solo superó algunos complejos cuando se sintió igualada al casarse y con sus hijos. Sobre todo con la mayor, cuando esta decidió cursar la misma carrera que la hija de Sabrina. Ahora mismo esas dos se encontraban rindiendo un examen difícil en la universidad.

Pidieron más té y café e intercambiaron recuerdos. De las tazas salía la infusión humeante y saborizada que habían pedido, y el aire se llenó de añoranzas. Una taza contiene, deja que permanezca el aroma allí dentro, anuncia el nombre del lugar para recordártelo y rememora los chocalates del invierno, servidos en la taza de la abuela. La charla entre amigas avanzó durante el encuentro en medio del bullicio y la agitación del local hasta que sus celulares sonaron al unísono: la hija de Sabrina había pasado la dura prueba del examen con un aprobado; la de Mariana con sobresaliente. Se miraron con suma atención. Casi se escrutaron mutuamente, como cuando de adolescentes competían en sus actuaciones durante las fechas patrias.

Pero después del llamado, enseguida se hizo un silencio demasiado largo y luego una especie de intervalo entre silencios un poco incómodo. Sabrina pidió entonces la cuenta. Pagó y se quedó detenida en la cara orgullosa de Mariana hasta que buscando con sus ojos la salida, soltó una carcajada tan espontánea y feliz que esta inundó toda la cafetería y muchos comensales se dieron vuelta para observarlas.

Es que no iban a dejar que viejas rivalidades del colegio trasladadas a sus hijas arruinaran el día de la amiga con tonterías, fue el argumento de Sabrina. Y las dos hijas habían pasado su examen, y la amistad continuaba sin quebrarse entre ellas, agregó. Y ambas, dijo Mariana, debían de estar plácidas y alegres, como cuando ellas las llevaban (incluso durante las mañanas lluviosas del invierno y pese a sus eternas discusiones sobre el colegio) al jardín de infantes cantándoles: Estamos invitados a tomar el té/la tetera es de porcelana/pero no se ve,/yo no sé por qué.

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