Cuentos Express: El Celular

Por Cleo

No hay bochorno más grande que el tener un celular de última generación – de elegante diseño y multifunción -, y recibir por único mensaje aquel artero que te ofrece dinero fácil tan solo si llamás a un número de tres cifras o, peor, que solo te llamen tus amigas cuando a quien estás anhelando escuchar es a tu ex (desde luego rogándote que vuelvas). Claro que sería peor aún recibir ese esperado llamado de tu ex, pero pidiéndote que lo disculpes por haberte confesado, la última vez que te vio, que en definitiva no te aguanta.

Algo parecido le sucedió a la protagonista, sin nombre, de este relato. Nuestra amiga se aguantó el silencio de su ex en el blackberry durante semanas, aunque después de haber concluido ella intempestivamente su relación amorosa de años, con un grito de “no te banco más”. Lo había conocido en una sala de chat cuando las computadoras recién ofrecían al usuario estas novedades, las que ahora, con tanta red social a la carta, ya no sorprenden a nadie. Se trataba su pareja de un hombre común, por tanto entrado en su adultez a golpe de suerte, de esos varones que en el invierno usan campera y se resguardan del frío con un echarpe y durante los veranos consumen birra, vino blanco helado o lo que se le parezca; hombre que no sobresale por nada en especial, que conoce los resultados de todos los partidos de fútbol, que hizo lo que se debía hacer para descollar (un poco) en su profesión – no importa cuál para este relato -, un hombre, en fin, de esos que tienen amigos con quienes reunirse en casa para hablar de economía, de deportes o política y a quien solo lo saca de quicio el tener que llevar el auto al taller y pagarle la compostura al mecánico.

“No te banco más”, por qué semejante maleducada expresión, vaya a saberse. Tal vez por ser tan distintos (aleluya), quizá por haberse hartado ella de regresar del trabajo con los pájaros dándoles vuelta a la cabeza y verlo por las noches instalado en el viejo sillón mirando la tele como si nada. Acaso por haber oído tanta risotada entre amigos y un seco “gracias” a los platos que ella se esmeraba en preparles intentando vencer el aburrimiento, por soñar en exceso con Pablo Echarri o perder el tiempo fantaseando con el hombre ideal, etcétera. Vaya a saberse el motivo, pero lo dijo…

Es que mientras las mujeres le reprochamos al varón su indiferencia, que nos responsabilicen de la organización hasta del divertimento, que no sepan amar como nosotras queremos ser amadas (es decir, nos quejamos de su existencia misma), ellos a nosotras no nos reprochan nada y terminan la relación con una culposa disculpa de esas que nadie se cree a la hora de la verdad, o nos dejan los ojos como peces de tanto llorar ante su sarcástica franqueza.

Como la nueva telefonía del hoy nos mantiene comunicadas hasta cuando vamos al baño (la línea del celular solo desaparece ante la emergencia de la muerte, si tus parientes se acuerdan de hacer el trámite de la baja), nuestra protagonista intentaba sobreponerse a semejante situción con su habitual celular en mano. Así, entretenida a toda hora, la ausencia de su varón le iba siendo más llevadera (eso pensaba entonces), ya que trabajaba mucho y recibía a diario mensajes amistosos, publicitarios o a propósito de su labor en la oficina. Vale decir, durante las semanas que siguieron a la ruptura con su pareja, nuestra protagonista no solo se encontraba viviendo su vida real sino también la electrónica, o lo que es lo mismo (si de virtualidades hablamos) rindiéndole pleitesía a esa especie de soledad compartida, propia de las ciudades altamente informadas.

Sería irrazonable, sin embargo, pretender que su inteligencia aceptara, así como así, que un mero celular es muestra auténtica de relacionamiento con los demás. Porque generalmente, cuando una se lleva el teléfono a la cama por estar pendiente de un nuevo enlace o de la contestación a una pregunta que le hiciste a una amiga dos meses antes (no sin advertirle que su opinión te era imprescindible entonces), esa actitud si no produce insomnio, te mantiene por lo menos en los brazos de Morfeo aun en la vigilia de la jornada; y eso la mujer de nuestro relato lo sabía. Pues, mal que nos pese, el celular es solo un auxiliar en nuestras vidas. Por tanto, jamás sustituye a las amigas, ni las reuniones de café, ni siquiera al falso amor.

“No te banco más”, esa expresión resultó un desliz insoportable, un llamado extraordinario del inconsciente, por eso inoportuno. Lo extrañaba, y como de consiguiente la angustia se le instaló durante las tardes grises que había que tolerar, al fin terminó por pensar en cómo arreglaría las cosas. Porque se trataría su ex de un adicto al fútbol, pegado al sillón en  tranquila estancia mientras miraba la tele en su tiempo libre y ella soñaba con la pasión loca, pero lo extrañaba. A ese vago, a aquel a quien conoció en la red y con quien enseguida intercambiaron mensajes como viejos conocidos, pues los dos estaban locos por el internet. Desayunaban con la computadora, el celular abierto, información al día y a toda hora.

La ansiedad por hablarle y disculparse, que iba agigantándose en nuestra protagonista sobre todo al caer la noche, no impidió que transcurriera en definitiva casi un mes, durante el cual se repitieron las corridas para llegar a tiempo a la oficina, la  espera burocrática en los bancos, y los té con amigas de esas que te aconsejan que estés “up” cuando te sentís “down”. Días, algunos, copiados entre sí y agotadores, en los que solo la pasarela de las nubes entre los edificios te entretiene, o algún gato perdido por encaramado en algún poste o en el árbol de una esquina. El celular, siempre disponible, se iba convirtiendo entonces en una invitación forzada al riesgo. Adquiría autonomía de solo pensar en que ella, apenas de pulsar el nombre de su ex en la agenda, haría que su voz resucitara en vida. Volverían a compartir el viejo sillón y la tele. Después de todo el amor se sobrelleva como  los sonidos de las bocinas en el tránsito. Te quejás, pero ellos te acompañan porque habitualmente saben cómo desplazar nuestro infierno habitual hacia la zona de los paraísos inalcanzables.

Así es que luego de mucha vacilación, la mujer de este relato desoyó los consejos de sus amigas y llamó: nadie del otro lado del teléfono. Insistió en llamar a su ex una y otra vez durante las siguientes semanas con la disciplina de un estoico. Pero su ex se había esfumado. Quizá había emprendido algún viaje porque no pudo soportar que lo abandonaran.

El tiempo continuó su paso inevitable y después de las idas y venidas en el celular, su ex ya era una voz de correo que convocaba al interlocutor (ella incluida, habrase visto) a dejar registrado su llamado. Y, en todo caso (aclaraba la voz del aparatito), podrían consultarse los demás datos de él, ante alguna emergencia laboral, en el internet. Nunca terminás de conocer a nadie, tampoco a tu ex. Su ex, en efecto, había quedado registrado en el celular como la huella de un pasado extinguido salvajemente por su culpa. Y al toque experimentó ese sentimiento de frustración que irrita, casi enferma. Su ex, al fin, había adquirido la etiqueta definitiva de un amor inconcluso.

Los siguientes días transcurrieron, apretados. En ocasiones, se alargaban y hacían intolerables. Y ella se desconcentraba en la oficina al pensar en esa frase “no te banco más”, que le había salido de su boca de puro impulsiva y estúpida. Qué desastre, no quería ver el sillón vacío que la esperaba sin remedio en casa, no quería salir, no quería nada. Sin embargo, después de la rabia y el llanto, las pesadillas y el malhumor que la habían llevado al borde de sí misma, remanirse y olvidar al mundo, (el tiempo todo lo cura cualquiera sea la medida del dolor), nuestra protagonista se fue civilizando. Volvió a sentirse alegre, salió con amigas, se preocupó por los demás, se convirtió en asidua visitante de teatros y cines y leyó, es decir se dedicó a andar por la vida sin lamentarse por la pérdida de él. Incluso, se dio cuenta de que el drama no existía: ella lo había dejado. Y, en medio de una renovada sensación de paz, alcanzó a recordar aquellos sabios consejos de su abuela: a rey muerto, rey puesto. Su ex no había sido un rey (faltaba más), tampoco le hubiera gustado a ella que lo fuera. Bastante con su manía del fútbol y de no querer siquiera pisar la cocina. Sin embargo, nadie es irremplazable y todos tenemos algún lugar en el planeta, así que el consejo de la abuela seguía en pie.

 Pero como su memoria también acusaba registro de otro refrán, aquel que reza: no por madrugar amanece más temprano, nuestra amiga comenzó también a transformarse en una usuaria razonable de su celular y no andaba pendiente, como perro de su amo, de mensajes de texto ni de alertas o llamados. Es más, pensó, nunca más iría a atender el aparatito ese tan solícitamente, ni ponerse en campaña para iniciar otro noviazgo y llegar a ninguna parte. Ella, al fin, quería sobrevivir al celular: apagarlo en sus ratos de ocio, quedarse dormitando en el sillón a solas y sin someterse a la dictadura de las agujas del reloj.

Claro que, tal vez ahora, las únicas disconformes serían las compañías telefónicas. Y qué más da, no por madrugar, amanece más temprano.

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